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Tumaco

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Por Fernando Londoño Hoyos

Conocemos a fondo el paisaje natural y humano de Tumaco. Así que sabemos de lo que estamos hablando. Somos testigos de lo que pudo ser una grande empresa maderera, que dejaron quebrar un gobierno inepto y unos banqueros incapaces. Pero esa no es la historia. La reminiscencia venía solo para asegurar que no improvisamos sobre el tema y que tenemos todos los antecedentes de esta tragedia sin orillas.

Quebrada Maderas y Chapas de Nariño, en la que conocimos colombianos ilustres y resueltos como Oliverio Phillips Michelsen y Rogelio Villamizar Jaramillo, la región quedó a la deriva, dominada por una casta de políticos ladrones que toleraba un pueblo indolente, dedicado a la amarga tarea de sobrevivir. Hasta que le llegó algo mucho peor que la miseria que soportaba. Llegó la cocaína.

En Tumaco se desarrollaron proyectos de envergadura, como la siembra de camarones, estruendoso fracaso que contrasta con el éxito impresionante que tuvo unos kilómetros al sur, en el Ecuador, e imponentes plantaciones de palma de aceite, destruidas por la pudrición del cogollo, plaga que no ha podido ser desterrada de Colombia. Los camarones se fueron para siempre. Los empresarios de la palma volvieron a la carga, confiados en avances agrológicos, esperanzadores y serios. Nada más.

Y decíamos que llegó la cocaína, con su cortejo de horrores. Llegaron capitales sucios, movidos por almas peores que los capitales, gente armada que no se conocía por esos contornos, malas costumbres prendidas de la plata fácil, muertes y crueldades. Tumaco cambió, quién sabe si para siempre.

Las cifras admitidas por un Gobierno tan tramposo como cabe, hablan de 25.000 hectáreas de coca sembrada, que pueden valer por una producción de 150 toneladas de cocaína al año. Esas 150 toneladas son 150.000 kilos que se pagan a cinco millones de pesos cada uno, para un ingreso total de setecientos cincuenta mil millones de pesos anuales o de sesenta y dos mil quinientos millones de pesos mensuales.

Si el DANE hace la cuenta del desempleo en Tumaco, muy ufano dirá que es inexistente. Porque en ese mar de cocaína y dinero no habrá nadie que no reciba algún ingreso que se califique como resultado de un empleo. La Fiscalía tendrá otra cuenta, para descubrir que la tasa de homicidios es de las más altas del mundo; el Ministerio de Salud descubrirá que las enfermedades cardiovasculares, de transmisión sexual y otras vecinas, son aterradoras; el de Educación encontrará gigantesca la deserción escolar y la Policía se declarará impotente para contener la criminalidad. Mientras tanto, el Ministro del Posconflicto y el de Agricultura se partirán la cabeza preguntándose qué negocio se le propone a los campesinos que haciendo casi nada se ganan semejante cantidad de dinero.

No hay que posar de sociólogos para adivinar que una comunidad que vive literalmente del delito es por todo refractaria a cualquier estudio de valores prevalentes, a cualquier tipo de orden, a cualquier forma de convivencia razonable. Tumaco, y las regiones que se le parecen en Colombia, que son muchas, son infiernos enriquecidos.

Apenas un charlatán como el General Naranjo es capaz de decir que erradicará la coca para que los tumaqueños desarrollen cultivos alternativos. Naranjo no ha hecho una cuenta nunca, bien se le nota. Porque el problema de las alternativas es un problema de pesos y centavos, máxime para un pueblo al que le han robado cualquier sentido del deber ser, de la dignidad, del decoro, del respeto por un Estado que lo ha conducido por esos despeñaderos del lucro fácil, del desorden absoluto, de la violencia como sistema.

La tragedia que hoy nos rompe el corazón, la muerte de más de ocho personas y las heridas que sufrieron veinte más, no es un episodio aislado, un hecho singular y separado de su contexto trágico. En Tumaco muere más gente cada día, despojada de cualquier principio válido de vida que valga la pena. Eso es lo que Naranjo no sabe. O lo que no le importa a Naranjo ni a nadie.

Este panorama de miserias es el resultado de una política, probablemente consciente y seguramente estúpida. Porque Santos olvidó, para congraciarse con las FARC, los grandes beneficiarios de esta empresa criminal, que la cocaína es el combustible de todas las guerras, el principio de todas las maldiciones, la causa de todos los desastres. Las FARC pusieron la cocaína como condición para el Premio Nobel y Santos aceptó sin vacilaciones. Y el precio de esta infamia es la cascada de desgracias que estamos padeciendo.

Colombia es un país herido de muerte. Los diagnósticos de los candidatos a la Presidencia, si no empiezan por donde deben no pasarán de castillos levantados en el aire. Si no se recupera el terreno perdido en la lucha contra el narcotráfico, lo que se diga de cualquier otra cosa es perder el tiempo, irreparable y miserablemente.

 

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