Por: Fernando Londoño
Las historias se suelen contar desde el principio. La muy trágica de la política movida por fusiles, muertos y secuestrados, tiene comienzo hace 45 años, cuando nacieron las FARC. Y manifestaciones obvias cuando fundaron su propio partido, la Unión Patriótica, y fueron más agresivas y evidentes sus relaciones con el Partido Comunista. Por eso extraña que la Corte y la Fiscalía sigan empecinadas en contar la novela a partir del último capítulo, el de los vínculos, reales o supuestos, de congresistas y militares con el siniestro grupo que creció como feroz respuesta a la amenaza que aquel otro suponía.
También sorprende que se abra el libro por donde las pruebas son más pobres. La inmensa mayoría de las víctimas de los procesos de la parapolítica, están en las cárceles porque apareció un testigo, que llamamos “Pitirri” para generalizar al que reparte maldiciones desde su dorado exilio en Canadá, donde está refugiado con más de cuarenta miembros de su familia por cuenta y a costa del gobierno de ese país y de las ONG que tienen organizado alrededor de las condenas a Colombia un impúdico y suculento negocio. Pitirri suele ignorarlo todo. Pero es locuaz y audaz, y eso basta. En cambio, las pruebas de los vínculos criminales de las FARC con personajes muy vigentes de la política colombiana son enormes, contundentes, plenas como se dice en Derecho Procesal.


