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El libre desarrollo de la personalidad

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El libre desarrollo de la personalidad - 5.0 out of 5 based on 10 votes

Por Fernando Londoño Hoyos

Entre todas las estupideces que ha alcanzado la Corte Constitucional, ninguna como ésta. Llamar Libre Desarrollo de la Personalidad a la destrucción del ser humano, a su esclavitud más abyecta, a la pérdida total del dominio de sus actos, no es un simple disparate.

Cuando empezamos esta marcha hacia el abismo, muchos se arrogaban el derecho a envenenar a los demás. Si los gringos quieren meter cocaína, que la metan. Ellos verán lo que quieran hacer con ellos y sus hijos. La cocaína nos produce mucho dinero, tanto que algún Presidente llegó a hablar del “embeleco” de las exportaciones; todos se referían como un chiste a la “ventanilla siniestra” del Banco de la República,- más activa hoy que nunca-; los cardenales bendecían las obras populares con que los narcos calmaban su conciencia y la prensa se hacía lenguas hablando de las maravillas del fútbol, cuyas velas henchían toneladas de coca.

Los que censurábamos esa barbaridad éramos reos de la incomprensión pública y de las sentencias implacables de los que se llamaron alguna vez los extraditables. Don Guillermo Cano, los Magistrados de la Sala Constitucional de la Corte que asesinó Pablo Escobar, con la ayuda del M 19 y del Vicepresidente coca Naranjo, los magistrados, jueces y periodistas que entregaron su vida por la causa del decoro y del Derecho y de la Libertad, serían unos majaderos para que los barriera la escoba de la Historia.

Estamos pagando el precio de toda esa monstruosidad. Olvidemos la vergüenza mundial de que nos vean como los grandes proveedores de cocaína del mundo; olvidemos la ruina de nuestros bosques y nuestros ríos; olvidemos la catástrofe económica y la catástrofe moral que la exportación de cocaína comporta. Pensemos solo, un minuto, en las ollas del narcotráfico.

Decir que somos grandes consumidores de coca y de bazuco es decir muy poco. Porque los más doloroso de esta historia es la ruina de una generación, la que se está perdiendo ante nuestros ojos. La drogadicción de nuestros jóvenes tiene dimensiones colosales en su extensión y demoledoras en sus efectos. Pero sobre todo, estamos dejando perder a  los jóvenes más pobres.

Los muchachitos que tiramos a la calle pasado el medio día, porque no hay aulas donde albergarlos, ni campos de deportes para formarlos, ni maestros para educarlos, no tienen más horizonte que la pandilla y la olla. Y los que mejor lo saben son los vendedores de cocaína, que caen como buitres sobre esas criaturas abandonadas. Ahí está el negocio, señores.

Los que deciden la suerte de Colombia son los jíbaros y los productores de cocaína. En la época de lo que llaman los sicólogos el vaciado de la personalidad, cuando el niño empieza a ser hombre y la niña atisba el comienzo de sus impulsos de mujer, los orientadores de nuestros jóvenes son esos salvajes. Y entre otras buenas razones es por eso que hay ollas en todos los pueblos de Colombia y en todas sobra la clientela.

Un niño dominado por la droga hace lo que tenga que hacer para un nuevo pase o una chupada adicional. Cuando tiene que robar, roba; cuando tiene que hacer mandados, los hace; cuando tiene que atracar atraca y mata cuando tiene que matar; y por supuesto, cuando tiene que prostituirse, se prostituye. Esas niñas colegialas que aparecieron en el Bronx, llevando su uniforme por insignia, se entregaban a treinta habitantes de la calle por día a cambio de cocaína o peor, de bazuco. Ese cuadro no nos conmovió, ni le importó al Gobierno. ¡Qué le iba a importar!

Santos hizo lo de siempre. Una payasada. Se fue para una casa olla y montado en una retroexcavadora posó para una foto haciendo alarde de que la echaba al piso. Y así haría con todas las demás, agregó muy tieso y muy majo.

Desde aquel día, cuántas ollas nuevas en cuántos lugares de Colombia. Nos comió la droga.

Parecía muy bacán, como ahora se dice, envenenar los hijos de gente que no conocíamos. Son culpables, por consumidores, como este desvergonzado Santos dijo en la ONU. Podemos dormir tranquilos. Entre culpables nos tapamos con la misma cobija.

Pues ahora, ante el drama de nuestra drogadicción, nadie dice nada. Los médicos callan sobre los efectos de la cocaína en la salud de sus pacientes. Los educadores esconden la cifra de las deserciones escolares que a la droga se deben. La policía calla sobre la delincuencia juvenil. Los hospitales no mientan los embarazos de adolescentes drogadictas. Los jueces no encuentran qué decir.

El Presidente, entretanto, levanta monumentos a los bárbaros que promovieron y siguen aprovechándose de semejante desastre. Y la Corte Constitucional sigue muy oronda después de haber promovido el Libre Desarrollo de la Personalidad, y la dosis mínima, variable y acomodaticia, su hermana gemela.

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Descertificados

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Descertificados - 5.0 out of 5 based on 13 votes

Por Fernando Londoño Hoyos

Cuando los Estados Unidos han advertido, una vez más y al parecer la definitiva, que no están dispuestos a tolerar el crecimiento desbordado de nuestras plantaciones de coca, de la consiguiente producción de cocaína y de la exportación fabulosa a aquél mercado, hemos querido diluir la cuestión entre un profundo mar de babas.

Y así ha sido. Empezamos con el turno de nuestro “Pobrecito Hablador” el Vicepresidente Oscar coca Naranjo, como lo llaman sus amigos más cercanos, quien usó su frase lapidaria: “Colombia no ha bajado la guardia”.

Pues teniéndola en alto, nos multiplicaron por 5 la superficie sembrada de coca en los últimos cuatro años. ¡Qué tal que la hubiéramos bajado!

La producción de cocaína pudo multiplicarse por más de cinco. Los agrónomos de los carteles no descansan y todo se hace más eficiente, desde el sembradío, el raspado o cosecha, la fabricación de la pasta y la preparación final del clorhidrato. Y por supuesto son más seguras las rutas, más precisos los embarques y más ágil el transporte.

Pero no hemos bajado la guardia. Solo que de poco más de cuarenta mil hectáreas sembradas pasamos a más de doscientas mil y la cifra de finales de año nos traerá muy amarga sorpresa. Y mientras tanto… Mientras tanto el mar de babas en que naufragamos.

Antes de acusar a los Estados Unidos por cometer el pecado de consumir lo que le ofrecemos, bien vale que miremos la viga en el ojo propio. Rafael Pardo, el Ministro del post conflicto, otro campeón de decires intonsos, lanza el anatema sobre los vecinos del Norte y se calla, por improbable inadvertencia y más segura perversidad, lo que nos está pasando. Nos volvimos campeones del consumo. Desde luego que carecemos de cifras, pero no son precisas para sustentar la tesis. Indicios sobran.

En reciente y cantada reunión, los alcaldes de todos los municipios de Colombia lanzaron al aire la más amarga queja. Y es que para todos el primero y esencial de sus problemas es el crecimiento inaudito de lo que llaman las “ollas” del micro tráfico. Es la cara dolorosa de la corrupción de nuestra juventud, movida por la oferta descomunal de la cocaína y de su hermano depravado, el bazuco.

Las ollas no solo son el más putrefacto antro de perversión, sino el epicentro de la inatajable inseguridad urbana. Porque los jóvenes iniciados hacen cualquier cosa por su ración de la droga. Atracan, si les toca, hieren y matan, roban, se prostituyen, cooperan en lo que sea menester. Pierden dominio sobre sus actos, o mejor dicho, se les acaba para siempre la fuerza de la voluntad. Son unos animalitos capaces de cualquier cosa ante la voz de mando del jefe de turno.

Los Estados Unidos son los grandes consumidores, admitámoslo, pero nos vamos a llevar un susto grande cuando tengamos algún dato preciso del consumo propio de la cocaína y sus degradaciones. Hasta el doctor Pardo cambiará su muy estúpido discurso.

La cocaína es compañera inseparable de las bandas armadas, que la vigilan en todo su proceso, hasta entregarla en el puerto o la frontera. Las FARC no se volvieron cartel, y de eso hace treinta años, por casualidad. El ELN, que parecía refractario al tema, lo abrazó con todas sus fuerzas. Y pactar con el Clan del Golfo no marcará diferencia. Antes bien, alentará a otros para imitarlo y negociar cuando estén suficientemente ricos.

La cocaína produce cantidades gigantescas de dinero. Y ese dinero se irradia a toda una zona de influencia, en la que se pierde cualquier ética de trabajo y en la que ya nada se vuelve comparativamente atractivo. Esos planes de sustitución de cultivos parecen un mal chiste. Nada produce lo que la coca.

Para pagar jornaleros, raspachines, químicos improvisados, policías que se corrompen, jueces que se doblegan, provisiones, bulteadores, operarios de lanchas y sumergibles, se necesita mucho dinero. La mayor parte se queda afuera, pero el negocio demanda aquí grandes sumas en efectivo. Y es donde hace su aparición la legión de los lavadores, financistas, inversionistas y similares. Para lo que valen los que puedan cargar dólares y los que los traen convertidos en contrabando. El mismo maldito contrabando que arruina las fábricas, descompone el mercado, desalienta las exportaciones y vuelve pedazos el comercio organizado y limpio.

Nos están descertificando por dañar a los Estados Unidos y eso es comprensible. Pero más daño sufrimos nosotros mismos. La cocaína no nos enriqueció, que eso es una grotesca ficción. Nos devoró. Nos acabó como sociedad limpia y organizada. Desequilibró nuestra economía. Hizo pedazos cualquier noción de orden público que tuviéramos. Nos condenó a la miseria moral, que es la peor de todas las miserias. La descertificación, bien vista, es la menos grave de nuestras desventuras. Solo que será la más espectacular, visible y humillante.

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Los silencios del Papa

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Los silencios del Papa - 4.9 out of 5 based on 22 votes

Por Fernando Londoño Hoyos 

La visita del Papa se convirtió en una apoteosis, en el pleno y antiquísimo sentido de la expresión. Fue algo como Los Triunfos que llamaban los romanos a la bienvenida a sus héroes más preclaros.

Pero también fue la prueba plena de la diferencia que separa el mundo de lo social, es decir, el Derecho, del mundo de la Moral.

Ambos son órdenes de conducta para el ser humano. Pero unidos en su raíz se separan irremisiblemente en su finalidad, sus alcances, sus medios, su contenido. Es este uno de los capítulos más emocionantes y decisivos para los que nos hemos ocupado de la Filosofía del Derecho.

Así se explica la pesadumbre que se llevaron tantos que querían oír al Papa felicitando a Santos y a las FARC por sus 310 páginas de basura. Así se explica la desazón que les causó que el Papa hablara cien veces de la reconciliación como valor moral, sin definirla como valor jurídico y sin explicar entre quiénes querían la reconciliación, ni de que se trataba ella en el mundo de los accidentes políticos. Y así se explica que multiplicara su llamado al perdón, pero situándolo en el terreno de la conciencia individual, del alma, sin pregonar la impunidad y sin mencionarla.

El Papa no quiere que tengamos enemigos en el corazón ni quiere la venganza como medida de nuestros actos. Para la sociedad organizada, los delincuentes merecen y necesitan castigo, porque de otro modo quedaría en manos de los criminales. Y no impone penas por espíritu de venganza, sino por retribución necesaria del que ofende los principios esenciales de la convivencia. El valor retributivo y ejemplarizante de la pena son capítulos esenciales del Código Penal, pero no tienen que ver con el catecismo y los dogmas. Carrara no es un moralista ni un teólogo. Es el más grande criminalista de la Historia. Y Santo Tomás no escribió el Programa de Derecho Criminal, sino la Suma Teológica. Ambos son la cumbre del pensamiento humano en su materia, pero la materia de cada uno es por entero distinta. Carrara trata de criminales. Santos Tomás de fieles, de pecadores y de arrepentidos.

El Papa nos invita a vivir lejos de los odios, del espíritu de venganza, de los egoísmo y las ambiciones terrenales. Su condena a los automóviles de alta gama o a las casa lujosas no son un tratado de economía, ni una condena para nadie. ¡Qué tal! Como Jesús le dijo al joven que dejara sus bienes y lo siguiera, el Papa exalta la austeridad y la renuncia a los bienes terrenales. Pero también se duele de los pobres y sería infinito su número si no hubiera empresarios, creadores de riqueza, promotores de grandes inversiones.

El mundo de la Moral no se agota en ritualidades externas. Para un Fiscal, arrepentido es el que está dispuesto a denunciar compinches y a devolver lo que le encontraron como producto de sus tropelías. Le importa una higa la intención con que lo haga y la limpieza de corazón del que se confiesa. Ese no es su mundo. Para un Sacerdote, lo que vale es la contrición del corazón, el propósito de la enmienda, real, auténtico, profundo y la satisfacción de obra, donde el que se confiesa es el juez de si mismo.

El Derecho es esencialmente coercible. La Fuerza es de su esencia. El que no se somete a las buenas, se someterá a las malas, o la convivencia será imposible. En la Moral nada que se haga a la Fuerza es valioso. Nadie llega al reino de los cielos porque lo obligaron, a fuete y calabozo, a portarse bien.

El Derecho es esencialmente bilateral. Frente a un obligado o deudor hay uno que demanda. Robinson Crusoe nunca estuvo en el mundo jurídico, sino cuando Viernes llegó a su isla. Pero estuvo siempre ligado a Dios, a través de su conciencia.

Por eso es imposible este diálogo que quisieron tantos. El Papa hablaba de compasión y los bandidos, con Santos a la cabeza, querían que hablara de impunidad. Francisco recordaba la virtud Moral de la reconciliación y los de las FARC querían que les bendijeran su impunidad, sus curules gratuitas, sus concesiones aberrantes.

Por eso el Papa no habló de tantas cosas. Defendió de la naturaleza, pero no entró en la mecánica del narcotráfico, ni del contrabando, ni del lavado de activos, ni de las minas de oro ilegal, ni de la devastación de los bosques para sembrar coca; defendió la mujer, pero no entró en el detalle de las niñas abusadas, embarazadas, obligadas a abortar; se compadeció de los pobres, pero no juzgó el crecimiento del PIB, que es la inmensa fábrica de pobres; mencionó la corrupción, pero lo suyo no eran los cupos indicativos ni los Ñoños o los Musas; habló del perdón, pero nunca aconsejó cerrar las cárceles.

El Papa le dejó su palabra a millones de fieles sedientos de amor, de paz en el corazón, de aquella paz que nos dejó Jesús, de rectitud en la conducta y limpieza en las acciones. Y por eso nos dio la Eucaristía. De otra manera habría bendito, en lugar del cáliz, las leyes del FAST TRACK y la Comisión de Seguimiento. Pasó por Colombia un Pastor y no un Político.

 

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