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FUERA, SANTOS, FUERA

FUERA, SANTOS, FUERA - 4.2 out of 5 based on 10 votes

Este será el grito que salga de millones de gargantas y de millones de corazones que pueblen las calles de Colombia este próximo sábado primero de abril.

Jamás se ha podido despreciar la voz de un pueblo enfurecido, indignado, traicionado, burlado. Quienes lo intentaron la pasaron muy mal, y no solo en el complejo aunque inapelable tribunal de la Historia. La pasaron muy mal, de veras, de puras veras.

Los colombianos no sabíamos cómo salir de Santos. Andábamos enredados en el cuento de una revocatoria de mandato que solo está dispuesta en la Constitución para los gobernadores y los alcaldes, pero no para el Presidente. Por eso, tal vez solo por eso, y por lo tardías que fueron las pruebas que mencionaremos, habíamos olvidado el mandato del inciso sexto del artículo 109 de la Carta Magna, que a la letra dice:

“Para las elecciones que se celebren a partir de la vigencia del presente acto legislativo, la violación de los topes máximos de financiación de las campañas, debidamente comprobada, será sancionada con la pérdida de investidura o del cargo. La ley reglamentará los demás efectos por la violación de este precepto”

Para quienes no conozcan algo de lo que vale exponer aquí, el “presente acto legislativo” de que habla el inciso transcrito es de 2.003 y las campañas putrefactas de Santos fueron del 2.010 y del 2.014. No cabe duda de la aplicabilidad de la sanción.

Por lo que hace a la campaña del 2.010, haciendo aparte y en gracia de discusión las innumerables trapisondas adicionales, ya Santos confesó públicamente, en espacio especial de televisión, la violación de los topes electorales del 2.010. La confesión es la “probatio probatissima” de la que hablamos los profesores de derecho probatorio. Y no vale para nada el cuento ridículo de que “me acabo de enterar”. Lo primero, porque nadie soborna a espaldas del sobornado, y menos un especialista en el crimen del soborno como la brasilera Odebrecht, la que giró a la campaña, para pagar afiches de último impacto, los 400.000 dólares confesados por Santos. Y lo segundo, porque aquí se trata de una responsabilidad objetiva, en la que no caben debates sobre la intencionalidad, el conocimiento, el grado de culpa o de dolo con que se actuó. Se violaron los topes y punto. Santos se robó las elecciones del 2.010 y debió ser sancionado con la prohibición de posesionarse, si antes se hubiera probado el hecho, o con la destitución fulminante en caso contrario.

Pero la campaña del 2.014 fue peor. Recordemos, para empezar, las palabras de Santos anunciando que había perdido la primera vuelta por descuido, pero que para la segunda estaba lista la “munición”. Para este corrupto la “munición” es la plata para la publicidad desbordada que compra medios de comunicación y el dinero maldito con que el día de las elecciones se compran en Colombia las conciencias de ciudadanos humildes y prostituidos.

De esa munición, y de sus dimensiones, nos enteraremos pronto porque no hay nada oculto bajo el sol. Pero ya tenemos pruebas suficientes, plenas, inexorables.

La misma Odebrecht ya anunció que entregó para la campaña un millón de dólares a una firma del  corazón y del bolsillo de Santos, Propaganda Sancho, a través de su filial en Panamá. La misma técnica y la misma vía de los cuatrocientos mil de 2.010.

El Presidente de Interbolsa, quien también fue del corazón de Santos y al que le queda mucho por contar, ya confesó públicamente que le entregó a a la campaña 150.000 dólares al jefe de ella, entrañable seguidor de Santos y beneficiario de sus larguezas y cochinadas, Roberto Prieto. Y también se supo, con pruebas en la mano, que un señor Mugrabi, socio de amigos de Santos, en su propia casa, entregó a Santos, a su futuro Embajador en España Orlado Sardi y a un tal Alberto Preciado,  la suma de ciento cincuenta millones de pesos.

El hecho está probado y la responsabilidad plena e ineludible. Santos está destituido moralmente, y hay que trasladar ese veredicto inapelable al campo del Derecho y sobre todo de la Política.

No hay que esperar nada del Fiscal Martínez Neira, quien ya se entregó a Santos cuando su jefe político, Vargas Lleras, celebró con el espurio  Presidente acuerdo que estamos descubriendo. Así que la palabra la tiene el juez máximo, el constituyente por antonomasia, el administrador inapelable de la verdad histórica: el pueblo.

Y será ese pueblo el que exija que se cumpla inmediatamente la sanción del artículo 109 que transcribimos arriba y quien destituya a Santos. No hay lugar para esguinces ni dilaciones. La marcha del próximo sábado primero de abril será la de una sentencia insobornable:

¡FUERA SANTOS CORRUPTO, FUERA YA!

Y ¡ay! del que aguarde el empuje de nuestras lanzas revueltas. 

 

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ENTRE LA INDIGNACIÓN Y EL ASCO

ENTRE LA INDIGNACIÓN Y EL ASCO - 4.7 out of 5 based on 14 votes

Después de vivir y padecer el Proceso 8.000, creímos los colombianos que no tendríamos que beber jamás la copa de una vergüenza parecida. Pero como al que no quiere caldo le dan dos tazas, dos tazas nos acaban de dar. Juan Manuel Santos se hizo elegir dos veces Presidente de la República con dinero de una mafia detestable. Distinta de la que eligió a Samper, claro está. Pero mafia es mafia, fraude es fraude, crimen es crimen.

Todavía quedan entre oscuras brumas muchos detalles de esta tragedia. Esperamos que se disipen y que brille toda entera la luz de la verdad. Pero con lo que sabemos basta para componer esta historia dolorosa y sucia.

De la campaña del 2.010, ya se sabe sin género de duda que recibió cuatrocientos mil dólares de una multinacional del delito, Odebrecht, cómo los recibió y a qué los aplicó. Santos dice que acaba de enterarse de la trampa, y su escudero para la Paz, De La Calle, le replica que nadie da dinero a una campaña sin que el candidato lo sepa y agradezca. Que es lo que decimos todos y lo que la lógica más elemental enseña. No hay donantes escondidos y gratuitos. Todos aspiran a la retribución y el reconocimiento.

La del 2.014 es mucho peor y apenas se habla de ella. Porque dos millones de dólares ya establecidos quintuplican la donación del 2.010, y porque las cosas se ven mucho más graves de lo que pudo saberse de la primera corrompida gesta electoral de Santos, la del 2.010.

Odebrecht entregó en Panamá, a una compañía que pertenece a la primera o segunda favorita de Santos para contratos de publicidad y aledaños, un millón de dólares. Sancho, el beneficiario, dice que la verdad se la contará a la Fiscalía y que anda en ello. Pero que recibió la suma la recibió, que venía de Odebrecht venía y que se fue para la campaña de Santos, se fue.

Pero no para aquí la historia. Porque Otto Bula, de quien sabemos muchas cosas horribles, y nos queda la mayoría por saber, recibió un millón de dólares que entregó a un fulano Giraldo, íntimo amigo, como novio diría con mal humor Roberto Prieto, de éste, el que manejaba las finanzas de Santos en Panamá para nutrir los fondos de su empresa política del 2014.

Que Bula es un sinvergüenza, lo sabemos. Pero un sinvergüenza bien conectado y enterado. Odebrecht supo que era el conducto ideal para llegar a Santos; Bula supo que Giraldo era el camino perfecto hacia Prieto y hacia Santos; recibió el dato del hotel donde podía encontrarse con Giraldo, solo para conversar, dicen ahora. Y vio de casualidad a Prieto, el “novio” de Giraldo en el mismo hotel en que le entregó el millón de dólares, ya descontada la comisión correspondiente.

Cuando Odebrecht pagó el primer soborno, ya tenía el contrato de obra vial más importante que el Gobierno de Colombia ha suscrito. Y tenía mucho por ganar, en esa ocasión y en la segunda. Santos dice que en su Gobierno le fue muy mal a Odebrecht, porque no se le aceptaron las reclamaciones inmensas que tenía pendientes. Pero calla que se le otorgó un contratico adicional, sin licitación, sin competidores, sin discusión de precios, por más de trescientos millones de dólares para construir la carretera Ocaña-Gamarra. Y que recibió otro contrato, gigantesco, para asegurar la navegación por el Río Magdalena. Y que el Banagrario, banco oficial, le prestó ciento veinte mil millones de pesos, cuarenta millones de dólares, violando todas las reglas para un préstamo de esa clase. Si a eso llaman irle mal…..

Pero todo se complica. Una empresa de muy mala reputación, que no nos ha contado si es verdad que Santos sacó de ella gruesa suma de dinero antes de ser intervenida, dice tener la prueba de una entrega a Prieto, otra vez Prieto y otra vez en Panamá, de ciento cincuenta millones de pesos. Interbolsa, la empresa extorsionada esta vez, nos hace pensar si fue la única. Por supuesto que no.

Un periodista acucioso acaba de descubrir, sin duda por un soplo oportuno, cuál era el camino que debían seguir los donantes fraudulentos a la campaña para consignar las contribuciones a Santos, vía Roberto Prieto. Con todas las señas, sin que falte ninguna. La cuenta en el CITYBANK de Nueva York, la cuenta del Banco en Panamá y la cuenta en que ese banco panameño debía depositar finalmente el dinero. Desde luego, ya lo habrá anticipado el lector, en una sociedad panameña manejada por Prieto.

Como dijimos arriba, queda mucho por precisar. El Fiscal tendrá que hacerlo, con ganas o sin ellas. Pero ya tenemos suficiente para que nuestras almas pendulen entre la indignación y el asco. ¡El Presidente que tenemos!

  

 

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DÍGALE A SU SANTIDAD, SEÑOR NUNCIO

DÍGALE A SU SANTIDAD, SEÑOR NUNCIO - 4.7 out of 5 based on 15 votes

Como no tenemos “vara” con él, dígale por favor a su Santidad, señor Nuncio, algunas cosas sobre Colombia y sobre las personas que viene a bendecir en Colombia. Después, en los afanes, se le pueden pasar por alto.

Dígale que este fue un país de inmensa mayoría católica, que se fue diluyendo cuando algunos Monseñores se dedicaron a la Política y olvidaron el Evangelio.

Dígale que Colombia es víctima del narcotráfico, la peor tragedia que le puede caer encima a un país.

Dígale que los narcotraficantes son gente sin alma, que asesina cuando le parece que debe asesinar, secuestra cuando le conviene, extorsiona casi siempre, pone bombas para matar inocentes, se roba personas de las que nunca se vuelve a saber nada, niños que usan como escudos, como esclavos, como juguetes sexuales.

Dígale a su Santidad que miles de niñas separadas a la fuerza de sus casas quedaron embarazadas, como tenía que ser, para someterlas al aborto inhumano en las condiciones más abyectas. Que muchas de ellas escaparon a la muerte para contar su historia, “que acaso ni Dios mismo la pueda perdonar”. (La frase es tomada de un gran poeta colombiano. Es feo apropiarse de lo ajeno.)

Dígale al gran Francisco, señor Nuncio, que esos bandidos  acaban con la naturaleza envenenando los ríos, talando los bosques, destruyendo las montañas matando nuestra fauna y la tierra de nuestros hijos.

A su Santidad, que es tan sensible en la materia, dígale que los narcotraficantes con los que lo van a reunir son los hombres más ricos de Colombia, poseedores de fortunas fabulosas que esconden allá en su vieja Europa y por acá en lo que llaman paraísos fiscales.

Dígale a su Santidad que esta canalla ha pedido perdón para el espectáculo, pero que no tiene arrepentimiento ninguno. Todos los días hace lo mismo y cada vez extrema su crueldad.

Dígale a su Santidad, se lo encarecemos, que de niños nos enseñaron sacerdotes virtuosos, de los que hay muchos en Colombia, todavía, que para el perdón de la penitencia era menester la satisfacción de obra, que consiste en devolver lo robado, consolar la víctima, reparar el ultraje. Dígaselo porque el Cardenal y unos pocos de sus Obispos olvidaron este mandato evangélico, o porque tal vez lo derogaron en algún Concilio secreto. Nos interesa mucho saberlo.

Dígale a su Santidad que no confunda estos miserables con Giussepe Garibaldi, un idealista, medio bandido, claro, pero solo bandido a medias, con esta gentuza que no sabe de ideales, sino de atrocidades.

Dígale a su Santidad, señor Nuncio, cuando venga, que todas las semanas algún campesino laborioso, algún anciano, alguna mujercita buena, algunos niños pisan las bombas que estos malditos siembran para marcar su territorio y que no han hecho nada para aliviar las víctimas ni para impedir otras.

Dígale a su Santidad que nos hemos enterado, con aflicción y repugnancia, que va a organizar su visita un tal General Oscar Naranjo, cuyas andanzas nos tomarían varios escritos como estos. Que no se deje irrespetar, señor Nuncio, por lo mucho que lo veneramos.

Dígale a su Santidad que esta gente pregona su condición de marxistas leninistas, y que fieles a esa caduca religión detesta todas las que de verdad lo son, odian la familia y abominan la propiedad, menos la que ellos atesoran como producto de sus crímenes. O que nos diga que ya el comunismo se volvió cristiano, y nos explique cómo tal cosa fue posible.

Dígale a su Santidad, Señor Nuncio, que a estas alturas no sabemos si viene a Colombia en plan apostólico para difundir el mensaje del amor y de la caridad, o como jefe de Estado, como uno de esos que se hacen lenguas hablando de una paz mentirosa, pero que jamás aceptarían en sus propias naciones. Porque si le parece bien lo que pasa y ya que es tan revolucionario, ¿por qué no considera cambiar su vieja guardia suiza por una de las FARC? Quedaríamos tan agradecidos si se llevara para el Vaticano la cúpula de estos delincuentes. Márquez, Catatumbo y la Sandino serían maravilloso adorno de la Capilla Sixtina. Que lo piense.

Dígale a su Santidad que no se equivoque con el vecindario, cuando lo mencione. Que tenga bien sabido el odio que los colombianos tenemos por ese forajido que manda en Venezuela, y por el Raúl Castro, que nos debe millares de asesinatos y tragedias acumulados en cincuenta años de armar guerrilleros para destruir a Colombia.

O mejor dígale a su Santidad, Señor Nuncio, que no mencione nada de todo esto. Que se dedique a hablarnos de lo que no nos hablan hace rato y que harta falta nos hace. Del Amor verdadero y de la penitencia que sigue al arrepentimiento como condición para llegar al cielo.

 

 

 

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